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Mi amigo Pepo Urquidi y yo lo intentamos: fuimos las Playtex,
dos chicos travestidos de bailarinas ocasionales del grupo Cruzado
Mágico, formado sólo por chicas. Pero el día en que nos
pusimos a pensar, en el local donde también ensayaban los Hombres
G, qué nombre nos podíamos poner como bailarinas, sólo se
nos ocurrían dos posibilidades: o Birmetes o Coconuts.
Ellas, Mónica Gabriel y Galán y Ana Fernández
Parrilla en Objetivo Birmania, eran la referencia
nacional, las únicas; las chicas criollas eran otra cosa. Pero en
esencia representaban lo mismo: música fresca y bailable, fiesta
sobre el escenario con un puntito de B-52, un soplo de
viento caribeño (y de otras cosas) en mitad de los 80, esos años
en los que la gira de conciertos se iniciaba el jueves y acababa
el domingo: de Rock-Ola (ahora es una tienda de muebles) al
Elías Auja, del Markee (es la zona de sofás de la
tienda de muebles) al Yasta.
Y estaba Carlos tocando el bajo,
que se lo pegaba casi a la cara, a golpe de pulgar (una técnica
extraña por entonces), Javi Escauriaza
(multiinstrumentista, percusionista, invadido por su propia Desidia,
fuera o no al borde del mar)... Aquello se acabó, pero yo aún
recuerdo el día en que Sole, la hermana de Mónica,
le contaba a Ana Gancedo (mi chica) que su hermana había
ido a hacer unas pruebas para un grupo y que se les había
apuntado Ana Fernández Parrilla. "Es para Objetivo
Birmania, un grupo nuevo", me dijo Ana.
"Anda, pero si yo me he comprado un single (un 'singuel', a
todos los efectos) de ellos". Era el 'Shiwips' pero
ellas aún no estaban. Años, muchos años después, llegó
aquella otra aventura (Los amigos de mis amigas son mis amigos)
pero entonces yo ya no estaba. Por cierto: Pepo y yo
optamos por las minifaldas de rayas, verticales u horizontales,
por culpa de Ana y Mónica: impusieron la moda
Jorge A. Rodríguez, El País
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